¡Ay, ay, mutillá,

Chapela gorriya!

(Las chicas de Azpeitia, con mucha razón, no quieren bailar con los que llevan boína roja. ¡Ay, ay, muchacho, la boína roja!)

¡Arrayua! ¿Quién canta en vascuence?—dijo la voz de un hombre que se asomó por encima de una tapia de piedras, con un fusil en la mano.

—Soy yo—dijo Pello.

—¡Usted!

—Sí, yo.

Y el centinela, porque debía ser centinela, se quedó asombrado al ver el talante de aquel lechuguino que se presentaba caballero en un jaco escuálido.

—¿Es usted vascongado?

—De Vera. ¿Y usted?