Aquí nací yo. Si te interesa saber la fecha, te diré que fué un día 13, mal día, el 13 de Noviembre de 1792, y fuí bautizado el 14 en la iglesia de Santa María Real de la Almudena.
Fué mi padrino don Domingo de Larrinaga, militar de alta graduación, amigo de mi padre. Por eso yo me llamo Eugenio Domingo.
Tenía dos hermanas, Antonia Cecilia y Antonia Juana; una, mayor que yo, y la otra, más pequeña. De niñas, las dos eran rollizas y altas; en cambio, yo siempre fuí pequeño y encanijado.
A pesar de mi pequeñez y encanijamiento, no estuve nunca malo.
—Este chico no crece—decía mi madre a doña María Antonia de Echevarría, que era su amiga más íntima.
—Ya crecerá; no tengas cuidado—contestaba doña María Antonia.
Yo no crecía; pero estaba fuerte como la mala hierba. Que hiciera frío o calor, que cayera ese sol de Agosto madrileño que parece va a derretir hasta las piedras, o que estuvieran las fuentes y los charcos helados, para mí era lo mismo. Mi lugar predilecto era la calle.
A los siete años di un disgusto a mi familia porque me abrieron la cabeza de un cantazo en una pedrea que tuvimos en las Vistillas unos moros de Lavapiés y unos cristianos de mi barrio; y a los nueve proporcioné otro disgusto serio a los autores de mis días, porque le arrimé una pedrada de honda a un chico, en el pecho, y estuvo, según dijeron, a punto de morirse.
LA CASA
Durante toda la infancia me encontré sometido a dos influencias: la de casa y la de la calle.