—¡Bah!

—Ya no estimáis más que los resultados. Adoradores del éxito.

—¡Claro! Es natural.

—Para mí no ha sido natural. Hay personas que sólo en determinadas condiciones se pueden poner en acción. Yo no he pensado esto nunca. Todas las ocasiones y todos los momentos me han parecido buenos para defender mis ideas e intentar mis planes. De militar, tan trascendental me parecía sorprender un correo como ganar una acción; de político, las elecciones de cualquier pueblo me han interesado tanto y me han parecido tan importantes como las de la capital. A las gentes que se agitan como yo, las personas tranquilas les llaman perturbadoras, anarquistas...

—Al grano, don Eugenio, al grano. Se pierde usted en disquisiciones, maestro.

MI INFANCIA

—Vamos al grano. Empezaré por mi nacimiento. Me llamo Eugenio Aviraneta, Ibargoyen, Echegaray y Alzate. Soy vasco por los cuatro costados, pero he nacido en Madrid.

Mi padre se llamaba Felipe Francisco, y era de Vergara; mi madre, Juana Josefa, y era de Irún.

Mi padre había venido a hacer sus estudios a Madrid, y allí conoció a mi madre, que era hija de un militar, don Mateo de Ibargoyen. Mi padre y mi madre se casaron en la parroquia de San Miguel. Mi padre, que era abogado de algún nombre, tenía muy buena clientela; años antes de nacer yo había defendido un pleito a favor de las monjas del Sacramento, y éstas, como pago de sus honorarios, le cedieron, para habitarla, una casa de propiedad del convento y contigua a él, que daba a la calle del Estudio de la Villa y tenía el número 10.