Mi calle, como he dicho, era corta y tortuosa; a la entrada, frente a mi casa, se encontraba la Academia pública de humanidades, que regentó el maestro Juan López de Hoyos, cuando asistió a sus aulas Cervantes. Esta Academia, que llamaban el Estudio de la Villa, daba nombre a la calle.
La casa donde yo nací, que aun existe, se conocía en el barrio con el nombre de Casa de las Monjas del Sacramento, y era un edificio grande de tres pisos, con vuelta al Pretil de los Consejos.
Aquélla y otras varias, unidas al convento de las monjas, formaban una sola manzana, limitada por las calles del Estudio, del Sacramento, del Pretil de los Consejos, del Rollo y de la plaza de la Cruz Verde.
UN BARRIO SINTETIZADOR
En este rincón de mi barrio hice yo mis primeras correrías. Era difícil encontrar un barrio tan sintetizador como aquel de la vida cortesana y aun de la vida nacional; era el barrio más castizo de Madrid, el más antiguo, el más típico, el receptáculo de todo lo viejo, de todo lo jaque, de todo lo abigarrado y pintoresco de la villa del oso y del madroño.
Representaba, como ningún otro, la vida del país. La Inquisición tenía su hogar en la Plaza Mayor, y en la de la Cruz Verde, los lugares del auto de fe en gran escala y de los autillos. Estos autillos debieron ser célebres en otra época, y como recuerdo quedaba en la plaza de la Cruz Verde, al decir de la gente, una cruz de madera pintada de este color; la monarquía tenía en el barrio el Palacio Real; la aristocracia, la casa enorme de Osuna.
La religión contaba con una serie de parroquias y de conventos: San Pedro, San Justo, San Andrés, la Capilla del Obispo, las Carboneras. Además, en la calle del Sacramento estaba el palacio arzobispal, y en la calle del Nuncio el del embajador de Su Santidad.
Otras instituciones fuertes ostentaban en el barrio representación completa. El dinero y la usura, en la calle del Duque de Nájera, donde estuvo la casa de Samuel Leví, el tesorero del rey Don Pedro de Castilla; el dinero y el amor, en la calle del Rebeque, donde se hallaba la tesorería de Palacio, edificio que luego compró Ruy Gómez de Silva, el marido de la princesa de Éboli, para incorporarlo al mayorazgo de la Aliseda.
Un ramo importante de la agricultura tenía su asiento en la plaza próxima a la Capilla del Obispo. En esta plazoleta, los campesinos de los alrededores de Madrid habían establecido desde tiempos antiguos un mercado diario de granos y de paja.