La elección de este sitio para mercado provenía de la época en que al cabildo de la Capilla del Obispo se le daba como subvención una carga de paja para el mantenimiento de la mula de cada uno de los capellanes, a condición de usar en sus paseos mantilla negra larga sobre la caballería y de que los fámulos llevaran traje y montera del mismo color.
El capellán mayor y los otros menores sacaban a vender todo el pienso que se les entregaba y que no consumían a esta plazoleta, que desde entonces se llamó de la Paja. Llegó un día en que las cosas se pusieron mal; a las mulas de los capellanes se les cortó la ración de pienso; pero la costumbre estaba hecha y los labradores de Parla y de Fuenlabrada, fieles a la tradición, siguieron llevando sus cargas de paja al mismo sitio.
La mendicidad tenía, como no podía menos, en la corte española, su representación en el barrio. Allí estaba la calle del Panecillo, llamada de este modo porque se repartía en ella un panecillo de limosna a cada pobre que se presentaba, y la calle de la Pasa y la del Rollo, que tenían el mismo motivo mendicante de denominación.
El hampa no dejaba de tener su recuerdo; cerca se encontraba la calle del Azotado, o de los Azotados, hoy calle del Cordón, por donde pasaban montados en burro los condenados a esta pena, mientras el verdugo les calentaba las espaldas.
La fiesta nacional tenía la calle del Toro, con un poco de historia tauromáquico-fantástica adjudicada a ella. Durante mucho tiempo había habido en esta callejuela una casa adornada con los cuernos de un toro estoqueado en una corrida regia.
La gente del barrio aseguraba que los cuernos sujetos a la pared bramaban a la misma hora en que fué estoqueado el animal. Otros decían que estos bramidos los producía un chico, que se burlaba así de la gente del pueblo, y que se ganó, cuando se le descubrió, la gran paliza.
No sólo teníamos en el barrio representación de las cosas terrenas, sino también de las de ultratumba; así, había un bodegón del Infierno, donde se reunían los aguadores a comer el clásico puchero, y un callejón del Infierno, que después del 7 de Julio se llamó Arco de Triunfo.
Los eruditos en esta clase de cosas decían que se llamaba callejón del Infierno porque en un incendio que estalló en la Plaza Mayor, la gente que miraba las llamas desde aquella rendija angosta le encontraba el aspecto de la entrada de los dominios de Plutón.
Hubo un tiempo en que fué necesario ensanchar este corredor estrecho para que pudiera pasar el coche real, y un poeta satírico, que era además cura, escribió con tal motivo un romance que comenzaba así: