—Eh, eh. ¡La Mojigona!—decía el hombre—. A ver cómo se mueve ese cuerpo sandunguero.
Y la vieja se agitaba en contorsiones horribles.
Llevaba la vieja un delantal hecho con una estera, adornado con cáscaras de huevo, un collar de guindillas y cáscaras de patatas y una corona de ajos en la cabeza.
Varios chiquillos desharrapados de la calle miraban desde la puerta, y nosotros nos acercamos a ellos; pero el gitano, empujando bruscamente a los harapientos, gritó:
—¡Fuera de ahí! Dejad pasar a los señoritos.
Pasamos los dos, siguió el baile, y de pronto, el viejo, dejando la guitarra, cerró el postigo de la casa y nos quedamos Ignacio y yo dentro del zaguán. Luego, la vieja horrible abrió la puerta de un corralillo y nos dijo:
—Pasad aquí.
Pasamos los dos, sorprendidos y amedrentados, y el gitano, dirigiéndose a la vieja, le dijo:
—Vamos, señora Mojigona, ayúdeme usted a desplumar a estos pajaritos.