—Con mil amores pichón; ya sabes que lo que tú me mandas es para mí la santa palabra.
La vieja nos intimó para que nos acercásemos a ella, y nos despojó de nuestras ropas. Quedamos desnudos. A mí, únicamente me dejaron la montera, porque, sin duda, les pareció que no valía nada.
Después nos echó a cada uno una chaqueta formada por harapos y llena de piojos.
—Y ahora, ¿qué hacemos con estos niños?—preguntó la vieja.
—Que se pasen así unas horas—contestó el gitano—. Así sabrán estos angelitos lo que es el hambre, mientras nosotros comemos y bebemos.
Se cerró la puerta del corral, y al verse Ignacio solo y desnudo, comenzó a llorar. En aquel momento yo no tenía miedo; mi única preocupación era encontrar un recurso para salir de allí; más que por otra cosa, por demostrar mi superioridad a Ignacio.
Durante unos momentos hice un examen de todo lo que se podía ensayar en aquel rincón. Era muy poco o casi nada. Me llevé maquinalmente la mano a la cabeza, me saqué la montera y me encontré con que dentro llevaba, como siempre, un trozo de pedernal, de acero y de yesca.
Pensé si se podría hacer algo con aquello, y vi que en un ángulo del corralillo había un montón de paja y otro grande de tablas viejas y de maderas podridas.
Al momento se me ocurrió una idea.