—¿Qué, encontró usted posada?—le preguntó el paisano.
—No; me marcho.
Leguía dió al de Oyarzum la única peseta que tenía en el bolsillo, cogió el caballo, montó en él, y por el fangal del camino salió de nuevo a la carretera, tan elegante y tan pulcro como había entrado.
—¿Podemos ir?—preguntaron la muchacha y la vieja, al mismo tiempo, al ver a Leguía.
—No, no. Imposible. Es un lugar infecto, sucio, negro, con carlistas desarrapados. Creo que lo mejor es largarse de aquí cuanto antes.
—Nada, vamos a Laguardia—dijo la muchacha.
—Nos vamos a perder en el monte, ¡Dios mío!—exclamó la vieja.
—Creo que no hay más que seguir la carretera—repuso Leguía—. ¡Si el cochero nos dejase los tres caballos!
—Está ahí dormido; no hay manera de despertarlo—dijo la muchacha.
—¿No? Pues mejor. Nos llevaremos los caballos sin decirle nada. Al fin y al cabo, él tiene la culpa de todo. Lo que necesitaríamos sería algo para comer en el camino.