—Pues compre usted aquí en la venta lo que haya.
—El caso es...
—¿Qué?
—Que creo que no tengo un cuarto.
—La muchacha tendió el portamonedas al joven, que entró en la venta, y salió poco después con un gran trozo de pan, queso y una bota de vino.
—¿Sabe usted montar, Corito?—dijo Leguía.
—No; pero creo que no me caeré.
—Yo iré a su lado. ¿Y la señora Magdalena?
—Esa está acostumbrada a andar a caballo.
Leguía improvisó unas monturas con la manta del cochero y ayudó a subir a Corito y a la vieja sobre los jacos; luego montó él, y comenzaron los tres a subir, al paso, la cuesta que escala la sierra de Toloño.