Al estampido salió toda la gente a la calle, y de los primeros, el cerero y su criado. Yo, que estaba en un portal próximo, en el momento del mayor barullo, entré en la tienda, di un salto por encima del mostrador y me llevé la chaqueta. Este rescate nos dió a Ganisch y a mí un gran prestigio entre todos los muchachos.
También solíamos dar unas bromas pesadas al criado de una carnicería, que era medio tonto y se llamaba Canca.
—¡Canca!—le decíamos.
—¿Qué?
—Dame ese pedazo de lomo que tienes en el mostrador.
—No quiero—decía él.
—Pues entonces dame ese chorizo largo que tienes ahí en la esquina.
—No quiero; no me da la gana—contestaba él, incomodado. Y le íbamos pidiendo la carnicería entera, y él contestando cada vez más indignado y sorprendido por nuestra tenacidad de querer llevarnos trozos de carne y de chorizo sin pagar.
Esta época de granujería me duró poco tiempo en Irún. Los amigos empezaban a hacerse muchachos formales; alguno tenía ya novia. Era indispensable cambiar. A pesar de esto, Ganisch y yo realizábamos de cuando en cuando algún proyecto de salvajismo; pero lo hacíamos a solas.