Teníamos para entendernos un sistema especial; tomábamos el aire de una canción navarra titulada «Andre Madalen», y con esta tonadilla, y en vascuence, nos comunicábamos nuestros propósitos, sin que se enterara la gente de alrededor, aunque fueran vascongados.
Los domingos solíamos ir, en cuadrilla, a Fuenterrabía, a Hendaya, a Oyarzum; muchas veces marchábamos por el camino de Navarra, por la orilla del Bidasoa, y a veces fuimos hasta Elizondo en el coche de Martín Gueldi, a quien se le llamaba así Martín el lento, porque era pesado y calmoso como pocos.
Al cabo de algún tiempo de estar en Irún perdí por completo mi acento madrileño y mis ideas del barrio de las Vistillas, y fuí adquiriendo la manera de hablar y las costumbres de un vascongado.
—Eugenio se va paulatinamente aviranetizando, ibargoyizando, echegarayzando y alzateando—decía, en broma, mi maestro don Mariano Arizmendi.
EN BAYONA
En el segundo verano que estuve en Irún, mi tío Fermín Esteban, que tenía parientes en Bayona, me mandó a esta ciudad a pasar una temporada con ellos.
La familia de Bayona a cuya casa fuí era de pequeños comerciantes, furibundos realistas; allí todas las noches se rezaba por el alma de Luis XVI y de María Antonieta; se le llamaba Buonaparte a Napoleón, y se hablaba de monstruos de la revolución francesa.
Mis parientes tenían una idea absurda de España; la consideraban como un país de leyenda. Me hacían preguntas que me dejaban asombrado; creían que los españoles habíamos quedado en nuestra vida absolutamente inmóviles, sin cambiar de ideas y de costumbres desde hacía lo menos dos siglos.
Entre aquellos franceses realistas, rutinarios, pesados y cortos de inteligencia, se hablaba de un pariente que había sido militar republicano como de un ogro. Tan acérrimo partidario de la República era este hombre, que ni aun el Gobierno de Buonaparte había querido aceptar.