En mi cuarto de Irún, que daba sobre el tejado de una casa próxima, yo me dedicaba a leer y a pensar en cuestiones políticas. No hay que decir que cada día me sentía más republicano. Danton y Robespierre eran mis héroes favoritos.

Un libro que influyó mucho entonces en el giro de mis pensamientos fué el Compendio de la vida y hechos de Joseph Bálsamo, llamado conde de Cagliostro, que se publicó en Barcelona años antes, traducido del italiano.

Este Cagliostro era un tipo curioso. Había fundado sociedades masónicas por todo el orbe. Unos lo consideraban como un gran jefe de la masonería; otros, como un embaucador, cuyas empresas todas no llevaban más fin que explotar a los incautos.

A pesar de esto, a mí me gustó la figura de aquel hombre, y me impulsó a seguir sus pasos.

LOS FUNDADORES DEL AVENTINO

Yo también decidí fundar una sociedad secreta en Irún; nos reunimos para constituirla cinco muchachos: Ramón Echeandía, Juan Larrumbide, más conocido por Ganisch, Pello Cortázar, Martín José Zugarramurdi y yo. La sociedad se denominaría El Aventino. Yo tuve que explicar lo que era esto del Aventino a los socios.

El reglamento de la sociedad se calcó de la logia masónica de Bayona.

El Aventino llegó a tener veintisiete afiliados, repartidos entre Irún, San Sebastián, San Juan de Luz y Fuenterrabía, y contó con una buena cabeza: Juan Olavarría, que pasados los años, en 1834, conspiró conmigo, en la Sociedad Isabelina, contra el Estatuto Real y a favor de la Constitución de 1812.

Nuestro Aventino hizo algunas cosas de gracia, que si no pasaron a la Historia dieron mucho que hablar en el pueblo.

Fueron calaveradas sin trascendencia política; pero alguna que otra vez servimos a la causa liberal repartiendo papeles que nos enviaron de las logias y ayudando a pasar la frontera a dos o tres fugitivos.