A los postres, Frassac cantó la Marsellesa, le Chant du Départ y la Carmañola; yo brindé porque la libertad triunfara en el mundo; Sanguinetti aseguró que pronto se vería Europa formando unos Estados Unidos, una federación de pueblos sin reyes, sin papas, sin tiranos, sin amos; Cortázar se levantó a brindar por la desaparición de todas las religiones positivas y por el culto de la humanidad, y Ganisch glosó con ingenio esa frase concisa y definitiva: Con las tripas del último rey ahorcaremos al último de los papas.
Varias veces fuí a Behovia a visitar a De Frassac y a Sanguinetti, y ellos con mucha frecuencia visitaron mi casa. Nos hicimos amigos íntimos, hasta el punto de hablarnos de tú.
Me enseñaron la esgrima y a montar a caballo, e hicieron de mí un espadachín y un buen jinete.
De Frassac me decía que debía naturalizarme francés y entrar en el ejército de Napoleón, lo cual no me gustaba. Sanguinetti no me aconsejó nunca esto. Muchas veces, por sus conversaciones, comprendí que él estaba pesaroso de haber abandonado su país. Consideraba también que Bonaparte no había cumplido con su patria italiana.
Sanguinetti era muy culto, tenía muchos libros y me prestaba todos los que le pedía. Gracias a él leí los Comentarios, de César; los Anales, de Tácito; la Conspiración de Catilina, de Salustio; la Historia de Italia, de Guicciardini, y el Príncipe, de Maquiavelo.
El oficial italiano me explicó también una porción de cosas que por falta de cultura anterior yo no comprendía.
Sanguinetti era partidario de esa razón de Estado y Salud Pública que viene de Roma. Leía mucho a Maquiavelo. Decía que había visto claramente que el político florentino no era el escritor inmoral que todo el mundo reprueba, sino un gran patriota y un pensador realista.
Esta frase de Maquiavelo la recordaba con frecuencia en sus conversaciones:
«Io indico bene questo che sia meglio essere impetuoso che rispetivo, perche la fortuna e donna.»
Yo también estaba más dispuesto a ser impetuoso que rispetivo; pero había que esperar la ocasión.