Esta reserva la hubiera comprendido en Sanguinetti, pero no en De Frassac.

De Frassac se pasaba la vida en Irún y en mi cuarto. Al principio nos chocaba a Sanguinetti y a mí verle constantemente en la ventana que daba hacia el patio. Luego comprendimos que miraba a una vecinita: una muchacha muy graciosa de ojos negros, que aparecía en una azotea.

DE FRASSAC, ENAMORADO

Cuando le descubrimos la treta, De Frassac nos confesó que estaba enamorado, tan enamorado, que se hallaba dispuesto a pedir el retiro y a casarse.

—Pero, ¿es para tanto?—le preguntamos, asombrados, Sanguinetti y yo.

—Sí, sí.

—¿Y hace tiempo que te entiendes con ella?

—Ya varios meses.

Mientras Sanguinetti y yo discutíamos nuestros proyectos de renovación politicosocial, De Frassac echaba cartas a la vecina y recogía las que le escribía ella, con un hilo.