Por eso estaba siempre en la ventana.

Sanguinetti y yo autorizamos a De Frassac para monopolizar la ventana en el tiempo en que estuviera en mi casa, mientras nosotros hablábamos.

La chica novia del gascón era bonita; pero a mí no me parecía un prodigio ni mucho menos, como a De Frassac. Se llamaba Paquita Zubialde, y el padre era un hombre bastante rico, ceñudo y malhumorado.

Dos o tres semanas después de que el teniente gascón nos reveló sus amores, nos dijo que había escrito a su padre hablándole de sus proyectos. El padre le contestó diciéndole que, aunque le hubiera parecido mejor que su hijo se casara con una francesa, y mejor con una del mismo pueblo, consentía de buen grado en el matrimonio.

El obstáculo vino por parte del padre de Paquita. Éste, a la primera insinuación de su hija, afirmó que jamás la dejaría casarse con un francés.

El señor Zubialde, a pesar de vivir en la frontera, creía que un francés era de distinta naturaleza que un español, y que necesariamente españoles y franceses tenían que odiarse y desearse mutuamente toda clase de desgracias, aunque no tuvieran motivo personal de odio.

Zubialde hizo estas declaraciones gratuitamente, y como quien habla de una cosa lejana e improbable; pero cuando se enteró de que Paquita tenía relaciones con un teniente de dragones, se convirtió él en el dragón de su hija. Estableció un servicio de espionaje, cerró por sí mismo las puertas y no permitió que entrara un papel en su casa. Sin embargo, una criada de la Paquita, la Baschili, estaba vendida al oro gascón, y pasaba los recados de uno a otro.

EL RAPTO

Llegó un día en que Frassac apareció desesperado. Su regimiento tenía que trasladarse de Behovia, y a él le era indispensable marchar también.

Discutimos entre los tres el asunto.