—El padre parece que es irreductible—dijo Sanguinetti—; no se aviene a razones. Lo mejor que puedes hacer es robar a la chica.
—No querrá ella—repuso Frassac.
—Pruébalo.
—¡Pardi! Sería un escándalo furioso.
—Ah, claro.
—¿A ti qué te parece, Aviraneta?—me preguntó Frassac.
—¡Hombre! Si ella quiere.
—¿Podríamos contar con tus amigos?
—Si tú piensas casarte con ella, quizá...