Una estrella que brillaba sobre una altura sacó a los viajeros de su mutismo; Corito y la vieja afirmaron que era la ventana de alguna casa del pueblo; el joven Leguía, más acostumbrado al campo, aseguró que era una estrella. Efectivamente: lo era.

Volvieron de nuevo a marchar en silencio. La vieja empezó a murmurar y a decir que, indudablemente, habían perdido el camino. Leguía no quiso meterse en una discusión inútil.

—Vamos bien—murmuró.

Pasó otra media hora. Se comenzó a divisar una colina obscura a la derecha de la carretera. Allí debía de encontrarse el pueblo.

Se vió una luz; una mirada en medio de la obscuridad; apareció, parpadeó y desapareció en un instante.

La vieja entonces aseguró que era una estrella; pero Leguía notó que por encima se veía algo negro y rígido.

—Es una luz—exclamó—; ahí seguramente está el pueblo.

El tono perentorio de Leguía hizo murmurar a la señora Magdalena.

Poco después se fué viendo más clara la luz, y en el cerro de Laguardia se destacaron con vaguedad las líneas de la muralla y las siluetas de la torre de Santa María y del Castillo grande.