—Ya estamos—dijo Corito.

¡ALTO!

Subieron la cuesta, y al avanzar por el raso de la muralla hacia la puerta de San Juan, el centinela les dió el alto.

—¿Quién vive?—gritó.

—España—contestó Leguía, con voz firme.

—¿Qué gente?

—Gente de paz.

—Adelante.

Avanzaron hasta la entrada y esperaron.

Se abrió la puerta y los viajeros pasaron a un corredor iluminado por un farolillo.