Un oficial se presentó.

—¿Quieren ustedes decirme adónde van?—dijo.

—Nosotros vamos a casa del señor Ramírez de la Piscina—contestó Corito.

—¿Y usted?

—Yo iré a la posada—dijo Leguía—; donde dejaré también los caballos.

—Los caballos pueden quedar en casa—advirtió la señora Magdalena.

—Bueno; pues iré yo solo.

—Entonces, cuando vuelva—advirtió el oficial—llame usted. El parador está fuera de puertas y tiene usted que pasar de nuevo por aquí.

—Llamaré. Muchas gracias.