—Indudablemente, al final, alguien será el que tenga razón—pensaba.
Este razonamiento le inclinaba a suponer que el tiempo, en último resultado, lo arregla todo.
Convencido de esta verdad, Pello consideraba muy prudente esperar los acontecimientos.
Hasta los diez y ocho o diez y nueve años, el joven Leguía estuvo empleado en un almacén de San Sebastián, donde ganaba treinta duros al mes. Con este dinero vivía en una casa de huéspedes bastante buena; iba con frecuencia al teatro; llevaba pantalón de trabillas, botines lustrosos, gran corbatín y un magnífico sombrero de copa.
Como Pello era, naturalmente, elegante, tenía sus éxitos entre las chicas del pueblo.
LA NIÑA Y LA VIEJA
Un día, Pello, al salir del almacén donde trabajaba para ir a comer vió en la plaza de la Constitución una muchacha vestida de blanco, una niña todavía, acompañada de una vieja. Pello no las conocía. Indudablemente no eran de San Sebastián. Pello acababa de cobrar su sueldo, y pensaba en lo poco profundos que son los senos de la casualidad para el hombre que no tiene más lastre que treinta duros en el bolsillo.
Mientras rumiaba esta idea vió que la vieja y la niña salían de la plaza y entraban en la calle del Ángel, en el despacho de un consignatario de buques.
—Voy a ver de nuevo cómo es esta muchacha; a ver si es tan bonita como me ha parecido antes—se dijo el joven Leguía. Y esperó paseando arriba y abajo por la acera.
Salió la muchacha de la tienda y se cruzó con Pello. Este, a pesar de su filosofía, quedó extasiado. La chica era realmente bonita, morena, sonrosada, con unos ojos negros, brillantes.