Pello Leguía, asombrado del efecto que le causaba, y sin proponérselo, fué tras de la vieja y de la niña hasta que entraron ambas en el parador Real.

—Está de paso en la fonda—se dijo Leguía—y se va a alguna parte. La cuestión sería averiguar adónde va.

El joven Leguía tomó de nuevo hacia la calle del Ángel; iba pasando la hora de comer; media hora después debía encontrarse en su escritorio. Pello se detuvo en una esquina a pensar.

—La verdad es—se dijo a sí mismo—que estaría bien que yo hiciera una calaverada. Todos los que me conocen se dirían: «¡Parece mentira; Leguía, un muchacho tan serio!»

AL AZAR

Pello dió unos cuantos pasos y pensó si uno de los senos profundos de la casualidad se encontraría siguiendo a aquella muchacha tan bonita que tanta impresión le había causado.

De pronto se decidió, y sin vacilar entró en el despacho del consignatario.

—¿A qué hora sale el barco?—preguntó, con aire de indiferencia.

—¿Qué barco?—dijo uno que escribía detrás de la ventanilla, en tono brusco.