—¿Por qué?
—Porque yo también voy allí.
—Nosotras vamos a quedarnos unos días en Vitoria.
—¿En Vitoria?
—Sí; ¿tiene usted algún pariente también en Vitoria?
—No; pero si a ustedes no les molesta, me quedaré unos días acompañándolas—contestó Pello, atrevidamente.
La muchacha se rió y no dijo nada. Pello recordó que tenía un tío segundo, cosechero, en Laguardia, a quien había escrito, por orden de su principal, desde San Sebastián, pidiéndole vinos, y mentalmente murmuró:
—Mi calaverada va a parecer el viaje de un comisionista. La verdad es que las personas serias como yo no pueden hacer disparates.
Llegaron a Santander. La niña y la vieja fueron a una de las mejores fondas del pueblo y Leguía hizo lo mismo.