—Realmente—se dijo—, todas estas cosas son inútiles. Dejemos la maleta, dejemos la carta y vamos a tomar el barco.
Pello se presentó en el muelle, entró en el vapor y se sentó a tomar café. Poco después llegaban las viajeras.
El vapor, de ruedas, empezó a echar bocanadas de humo por su alta chimenea; funcionaron las paletas y el barco salió del puerto y comenzó a dirigirse por entre las puntas.
Al dejar la bahía, como la mar estaba gruesa, algunos de los pasajeros, entre ellos la vieja que acompañaba a la niña, se marearon. Pello se mostró servicial e impasible. La muchachita se rió al ver a este joven alto, flemático y atento que la miraba sin pestañear. Creía haberle visto en San Sebastián; pero no estaba muy segura.
A las dos horas de estar en el barco cambiaron algunas palabras.
—¿Van ustedes a Santander?—les preguntó Leguía.
—Sí; de allí vamos a ir a Laguardia—contestó ella.
—¿A Laguardia de Alava?
—Sí.
—¡Cosa extraña!