—Yo, probablemente, también.

En este momento fué cuando el coche se rompió, y tuvieron que quedarse los viajeros a pie, en Peñacerrada.

V.
EN DONDE LEGUÍA SOSPECHA SI TENDRÁ BUENA SUERTE

A la mañana siguiente, al levantarse, Leguía sondeó un bolsillo del chaleco, luego el otro, y notó, ciertamente, sin gran sorpresa, que no tenía un cuarto. Pensó en si valdría la pena de hacer la cuenta de lo gastado por él en los diferentes puntos del camino, desde su salida de San Sebastián; pero comprendió, sin mucho trabajo, la inutilidad manifiesta de este esfuerzo de memoria.

—¡Cuántas cosas se dejarían de hacer—exclamó Pello, mirando filosóficamente su sombrero de copa, puesto sobre la consola—, si uno tuviera el acierto de comprender con rapidez su inutilidad!

Dicho esto se vistió; se encasquetó el sombrero de copa y salió del parador. Hacía un día hermoso; el sol brillaba en un cielo sin nubes.

Pello paseó, arriba y abajo, por delante de la muralla; se cruzó con unos cuantos curas y vió una colección de viejos momias laguardienses, envueltos en largas capas, que tomaban el sol. Presenció también cómo entraban los soldados de la guardia exterior en el cuartelillo.

EL TÍO JOSÉ JUAN

Cuando se cansó de pasear pensó que era tiempo de tomar una determinación y se fué a comer. Concluyó de comer y preguntó a la patrona: