Estas tres torres del pueblo, la de San Juan, la de Santa María y la de Sancho Abarca servían para el telégrafo de señales con que el ejército se comunicaba con Viana y con otros pueblos de alrededor.
El Castillo Grande daba, por la parte de atrás, a un cobertizo largo, dirigido de Este a Oeste, donde había almacenes y depósitos de municiones, llamados los Generales.
El cobertizo cerraba la plaza de Armas. En ésta, por las fiestas y en período de paz, solían correrse toros.
Al Oeste del pueblo, por el lado de Paganos, el muro trazaba hacia el exterior una línea convexa, comenzando en las paredes de la torre de Santa María y terminando en una barbacana, que aun se conserva. Esta línea convexa se hallaba interrumpida por una serie de cubos con almenas, denominados los Siete por su número.
En aquella época, fuera del casco no había en Laguardia más que dos edificios: uno, el parador, a pocos pasos de la muralla y cerca de la puerta de Santa Engracia; el otro, el cuartelillo, entre esta puerta y la de San Juan, donde se alojaban los soldados de la guardia de extramuros, y donde hacían el rancho.
LA GUARNICIÓN
Laguardia tenía por entonces un regimiento de guarnición, con sus respectivos oficiales, alojados en el Castillo Grande y en sus anejos. El regimiento estaba destinado únicamente a guardar la plaza y las cinco puertas del pueblo.
A pesar de que exteriormente parecía pequeño el recinto amurallado de la ciudad, no lo era tanto; y los soldados y los oficiales tenían bastante que hacer con vigilar las puertas, los baluartes y toda la línea fortificada de la plaza. Cuando había que operar en columnas por los terrenos próximos, llegaban más batallones, que se alojaban en las casas.
Alrededor de la ciudad, y encerrando el paseo de extramuros, un paredón recién construído continuaba la barbacana y rodeaba el cerro sobre el que se asienta Laguardia.
Los hermosos nogales, que antes daban sombra al paseo exterior, habían sido talados, para impedir una sorpresa del enemigo.