En aquella época, Laguardia estaba muy animado: de día, por las calles se veía mucha gente, sobre todo militar; por las tardes, al Angelus, se cerraban las puertas de la muralla, y al toque de retreta soldados y paisanos desaparecían de las calles.

Solamente las personas alojadas en el parador tenían, con alguna frecuencia, necesidad de entrar y salir. Cuando se creía posible un ataque, todos, los de dentro y los de fuera, se quedaban en el pueblo.

POR LA NOCHE

Al encenderse los faroles comenzaban las rondas; se ponía el retén e iban colocándose los centinelas. Pocos momentos después, el soldado que estaba de guardia en el baluarte de la puerta de San Juan, a la izquierda de la torre, comenzaba dando el grito: «¡Centinela, alerta!», y todos los de alrededor de la muralla iban contestando sucesivamente: «¡Alerta!» «¡alerta!». Subía el grito desde los adarves hasta los cubos, bajaba de nuevo, corría a lo alto de los torreones hasta que llegaba la vez al soldado de la derecha de la puerta de San Juan, que gritaba: «¡Alerta está!»; lo que indicaba que la línea se hallaba vigilada y los centinelas en su puesto.

Cada cuarto de hora, el primer soldado daba su grito de «¡Centinela alerta!». Si la serie de voces se interrumpía se llamaba al oficial de guardia para ver si alguno de los centinelas se había quedado dormido en su garita o si ocurría novedad.

A pesar de la estrecha vigilancia que se mantenía en la plaza, muchas veces los carlistas de fuera del pueblo hablaban con los del interior. El procedimiento que usaban era éste: Escogían noches obscuras y tempestuosas en que soplaba el cierzo, y solían ir varios. Uno se colocaba en un punto, fuera de la muralla, para preguntar, y la contestación, el de dentro de Laguardia se la daba a otro, aprovechando la dirección del viento. Generalmente tenían que esconderse detrás de una piedra o de un tronco de árbol, porque el centinela muchas veces disparaba al oir la voz.

También se aseguraba que había sitios por donde se podía entrar y salir de la ciudad sin ser visto. Algunos se reían de estos rumores; pero, realmente, no debía ser difícil comunicarse con el exterior.

Se habían hecho investigaciones sin resultado; pero los que afirmaban la existencia de las salidas secretas no se convencieron.

Varias veces que se inició un ataque de los carlistas se vió Laguardia preparándose para la defensa. Los soldados se fueron colocando en las trincheras escalonadas que había alrededor de las murallas; las puertas se cerraron; las baterías comenzaron el fuego, y los voluntarios, apostados en las almenas de los baluartes, se dispusieron a rechazar al enemigo.

Con los medios de entonces, Laguardia era casi inexpugnable; los que vivían en el pueblo experimentaban la impresión del peligro y, al mismo tiempo, de la seguridad.