V.
CORITO Y PELLO LEGUÍA

En este ambiente de odio político y de enemistades personales, Pello Leguía y Corito Arteaga se dedicaban a mirarse, a hablar de mil cosas insignificantes, que para ellos eran trascendentales, y a escribirse cartas por cualquier motivo.

Seguramente, ninguno de los dos encontraba en la atmósfera de Laguardia los rayos del rencor y de la maldad que cruzaban el aire. Como en el mundo físico hay interferencias, las hay también en el mundo moral para los enamorados y para los que viven en el sueño y en la ilusión.

Corito traía, desde su llegada, trastornados a los jóvenes y a algunos viejos verdes de Laguardia.

Entre los oficiales de la guarnición tenía fervientes adoradores; pero ninguno llegaba a interesarle de verdad como Pello Leguía.

—¿Qué le encuentras a ese muchacho?—le decían sus amigas—. Es guapo, sí; pero tan serio, tan soso.

—Pues a mí me es muy simpático—contestaba ella.

Siempre que salían a pasear con varias personas, Corito y Leguía venían a reunirse y a marchar juntos hablando.