—¡Bah! De otros libros también te habrán dicho que son malos.
—No, no lo creas. Esas son voces que hace correr el vicario.
—Quizá digan que las Memorias de Aviraneta es lo mejor que has publicado.
Yo protesté de esta idea despectiva que, en general, suele tener la familia del talento literario de sus miembros. Realmente, se puede creer, sin dificultad, que un pariente sea un buen carpintero, un buen abogado, un buen médico; pero que sea un buen escritor, es cosa inaceptable, a no ser que se haya muerto hace bastantes años.
—No, no; si yo creo que eres un buen escritor—me dijo Dama Úrsula, con su dejo de ironía—; por eso quisiera que publicaras tú esas Memorias.
—Pues yo no estoy decidido a firmar un libro que no he escrito.
—Pon algo de tu cosecha; inventa aventuras, otros personajes...
—Eso no es tan fácil.
—¡No ha de ser fácil! No digas tonterías... ¡Para un hombre tan despejado como tú! Conque ya sabes, si quieres le diré a la Joshepa Iñashi que te lleve los papeles de Leguía a tu casa.
—Bueno, está bien.