LOS CUADERNOS DE LEGUÍA

Se fué mi tía Úrsula, y al día siguiente se presentó la sacristana con tres cuadernos gruesos, de papel de hilo, atados con una cinta de color de ala de mosca.

No sé cuánto tiempo los tuve arrinconados, hasta que una vez, convaleciente del reúma, cogí el primer cuaderno y lo empecé a leer.

A veces el texto se interrumpía, y había intercalados en él recortes de periódicos, cartas y proclamas.

Me pareció, a pesar de mi tendencia antihistórica, que algunas cosas no dejaban de tener interés.

Sospechando si Leguía se habría dedicado a fantasear, intenté comprobar los datos y las fechas de sus cuadernos.

Consulté algunos libros grandes, por lo menos de tamaño, que se ocupan de historia de España, y, en general, encontré poca cosa de mi asunto.

El ver que en estas Memorias se transcriben páginas de folletos publicados por Aviraneta, y el ir comprobando otros detalles, me hizo creer en la autenticidad de la narración.

Me dirigí, buscando esclarecimiento, a dos o tres especialistas en historia de nuestras revueltas políticas, y me contestaron rotundamente que Aviraneta no aparecía en ellas hasta el año 33.