—Eso es.

—Le vi cuando llegó; venía tras él.

—Sí, viene persiguiéndole, vigilándole. Cuando salgas de aquí entra en el figón del Calavera y hablaremos con ese hombre de la zamarra.

—Cuando acabe iré.

EL FIGÓN DEL CALAVERA

Pello terminó su trabajo; saludó a su prima Anita, que estaba cosiendo a la luz de una lámpara, y se fué al figón del Calavera.

Era este figón un agujero obscuro y lóbrego, abierto en una callejuela. Tenía varias barricas en el portal y una rama de álamo a la entrada, como muestra. De día estaba alumbrado por una angosta ventana, y de noche por un candil que colgaba de la campana de la chimenea.

Varias mesas negras, con bancos de madera, ocupaban el interior. En un rincón, hablando con el hombre de la zamarra y con Estúñiga, estaban tres hombres. Uno de ellos era el Calavera, el dueño del figón, un Hércules rechoncho, con aire bestial, la cara ancha, la nariz chata y roja, como si acabaran de remachársela a fuego; el pecho y las manos, velludas. Los otros dos eran tipos maleantes: el Raposo y el Caracolero; los dos carlistas y asiduos contertulios de la casa.

El Raposo, realmente, parecía un zorro: tenía una viveza de rata; la cara afilada, y unos pelos amarillos en el bigote; el Caracolero era flaco, pálido, de aspecto enfermizo, con los ojos legañosos y rojizos; la barba gris, sin afeitar en quince días, y una voz de flauta completamente ridícula.

Pello se acercó a la mesa.