—Siéntate—le dijo Estúñiga.
—Le estábamos esperando a usted—agregó el Raposo.
—¿A mí?
—Este señor—añadió Estúñiga señalando al hombre de la zamarra—nos ha contado las maldades de ese hombre que vino anteayer por la noche a Laguardia.
—¿Tan malo es?—preguntó Leguía.
—Es un canalla, un traidor, un masón—contestó el hombre de la zamarra, con gran solemnidad.
—Y ¿qué es lo que ha hecho?—volvió a preguntar Leguía, a quien, sin duda, estas acusaciones vagas no le parecían gran cosa.
—Ha hecho horrores. Así, que la Policía le busca siempre por conspirador. El dirigió en Madrid la matanza de frailes el año 34; él ordenó la muerte de ciento treinta y tres prisioneros carlistas que estaban en la ciudadela de Barcelona. El sublevó el año pasado Málaga y Cádiz. Por donde va lleva el incendio, la matanza, la ruina, el sacrilegio...
—¡Pues es todo un tipo!—dijo Leguía, no sin cierta admiración.
—¡Sí lo es!—murmuró el Raposo.