Andrés vió el huerto, los perales, los albaricoqueros y los granados llenos de hojas y de flores.

La primera noche Andrés no pudo dormir bien en la casa por el olor a raíz desprendido de la tierra.

Al día siguiente Andrés, ayudado por Luisito, comenzó a arrancar y a quemar todos los hierbajos del patio. Luego plantaron entre los dos melones, calabazas, ajos, fuera o no fuera tiempo. De todas sus plantaciones lo único que nació fueron los ajos. Estos, unidos a los geranios y a los dompedros, daban un poco de verdura; lo demás moría por el calor del sol y la falta de agua.

Andrés se pasaba horas y horas sacando cubos del pozo. Era imposible tener un trozo de jardín verde. En seguida de regar, la tierra se secaba, y las plantas se doblaban tristemente sobre su tallo.

En cambio todo lo que estaba plantado anteriormente, las pasionarias, las hiedras y las enredaderas, a pesar de la sequedad del suelo, se extendían y daban hermosas flores; los racimos de la parra se coloreaban, los granados se llenaban de flor roja y las naranjas iban engordando en el arbusto.

Luisito llevaba una vida higiénica, dormía con la ventana abierta, en un cuarto que Andrés, por las noches, regaba con creosota. Por la mañana, al levantarse de la cama, tomaba una ducha fría en el cenador de Flora y Pomona.

Al principio no le gustaba, pero luego se acostumbró.

Andrés había colgado del techo del cenador una regadera enorme, y en el asa ató una cuerda que pasaba por una polea y terminaba en una piedra sostenida en un banco. Dejando caer la piedra, la regadera se inclinaba y echaba una lluvia de agua fría.

Por la mañana, Andrés y Luis iban a un pinar próximo al pueblo, y estaban allí muchas veces hasta el mediodía; después del paseo comían y se echaban a dormir.