—Sí, como si fuera mi hijo. Era yo ya grande cuando nació él, figúrese usted.
Por Junio, Andrés se examinó del curso y de la licenciatura y salió bien.
—¿Qué va usted a hacer?—le dijo Lulú.
—No sé; por ahora veré si se pone bien esa criatura; después ya pensaré.
El viaje fué para Andrés distinto, y más agradable que en diciembre; tenía dinero, y tomó un billete de primera. En la estación de Valencia le esperaba el padre.
—¿Qué tal el chico?—le preguntó Andrés.
—Está mejor.
Dieron al mozo el talón del equipaje, y tomaron una tartana, que les llevó rápidamente al pueblo.
Al ruido de la tartana salieron a la puerta Margarita, Luisito y una criada vieja. El chico estaba bien; alguna que otra vez tenía una ligera fiebre, pero se veía que mejoraba. La que había cambiado casi por completo era Margarita; el aire y el sol le habían dado un aspecto de salud que la embellecía.