—No sé; las inventa él.

Luisito tenía un gato viejo que le seguía, y que decía que era un brujo.

El chico caricaturizaba a la gente que iba a la casa.

Una vieja de Borbotó, un pueblo de al lado, era de las que mejor imitaba. Esta vieja vendía huevos y verduras, y decía: ¡Ous, figues! Otro hombre reluciente y gordo, con un pañuelo en la cabeza, que a cada momento decía: ¿Sap?, era también de los modelos de Luisito.

Entre los chicos de la calle había algunos que le preocupaban mucho. Uno de ellos era el Roch, el hijo del saludador, que vivía en un barrio de cuevas próximo.

El Roch era un chiquillo audaz, pequeño, rubio, desmedrado, sin dientes, con los ojos legañosos. Contaba cómo su padre hacía sus misteriosas curas, lo mismo en las personas que en los caballos, y hablaba de cómo había averiguado su poder curativo.

El Roch sabía muchos procedimientos y brujerías para curar las insolaciones y conjurar los males de ojo que había oído en su casa.

El Roch ayudaba a vivir a la familia, andaba siempre correteando con una cesta al brazo.

—Ves estos caracoles—le decía a Luisito—, pues con estos caracoles y un poco de arroz comeremos todos en casa.