—No; eso no. Es gente amable, y tienen una casa bastante grande para que haya libertad.

—Bueno. Entonces probaremos.

Un día fueron todos a ver a los parientes. A Andrés, sólo tener que ponerse la camisa planchada, le dejó de un humor endiablado.

Los parientes vivían en un caserón viejo de la parte antigua de la ciudad. Era una casa grande, pintada de azul, con cuatro balcones, muy separados unos de otros, y ventanas cuadradas encima.

El portal era espacioso y comunicaba con un patio enlosado como una plazoleta que tenía en medio un farol.

De este patio partía la escalera exterior, ancha, de piedra blanca, que entraba en el edificio al llegar al primer piso, pasando por un arco rebajado.

Llamó don Pedro, y una criada vestida de negro, les pasó a una sala grande, triste y obscura.

Había en ella un reloj de pared alto, con la caja llena de incrustaciones, muebles antiguos de estilo Imperio, varias cornucopias y un plano de Valencia de a principios del siglo XVIII.

Poco después salió don Juan, el primo del padre de Hurtado, un señor de cuarenta a cincuenta años, que les saludó a todos muy amablemente y les hizo pasar a otra sala, en donde un viejo, reclinado en ancha butaca, leía un periódico.