—Pero, hombre, ¿no vas a salir?—le preguntaba Margarita.

—Yo no. ¿Para qué? No me interesa nada de cuanto pasa fuera.

Andar por las calles le fastidiaba, y el campo de los alrededores de Valencia, a pesar de su fertilidad, no le gustaba.

Esta huerta, siempre verde, cortada por acequias de agua turbia, con aquella vegetación jugosa y obscura, no le daba ganas de recorrerla.

Prefería estar en casa. Allí estudiaba e iba tomando datos acerca de un punto de psicofísica que pensaba utilizar para la tesis del doctorado.

Debajo de su cuarto había una terraza sombría, musgosa, con algunos jarrones con chumberas y piteras donde no daba nunca el sol. Allí solía pasear Andrés en las horas de calor. Enfrente había otra terraza donde andaba de un lado a otro un cura viejo, de la iglesia próxima, rezando. Andrés y el cura se saludaban al verse muy amablemente.

Al anochecer, de esta terraza Andrés iba a una azotea pequeña, muy alta, construída sobre la linterna de la escalera.

Allá se sentaba hasta que se hacía de noche. Luisito y Margarita iban a pasear en tartana con sus tíos.

Andrés contemplaba el pueblo, dormido bajo la luz del sol y los crepúsculos esplendorosos.