Andrés hacía gestiones para conseguir un empleo, y mientras tanto iba a la Biblioteca Nacional.
Estaba dispuesto a marcharse a cualquier pueblo si no encontraba nada en Madrid.
Un día se topó en la sala de lectura con Fermín Ibarra, el condiscípulo enfermo, que ya estaba bien, aunque andaba cojeando y apoyándose en un grueso bastón.
Fermín se acercó a saludar efusivamente a Hurtado.
Le dijo que estudiaba para ingeniero en Lieja, y solía volver a Madrid en las vacaciones.
Andrés siempre había tenido a Ibarra como a un chico. Fermín le llevó a su casa y le enseñó sus inventos, porque era inventor; estaba haciendo un tranvía eléctrico de juguete y otra porción de artificios mecánicos.
Fermín le explicó su funcionamiento y le dijo que pensaba pedir patentes por unas cuantas cosas, entre ellas una llanta con trozos de acero para los neumáticos de los automóviles.
A Andrés le pareció que su amigo desvariaba; pero no quiso quitarles las ilusiones. Sin embargo, tiempo después, al ver a los automóviles con llantas de trozos de acero como las que había ideado Fermín, pensó que éste debía tener verdadera inteligencia de inventor.