Andrés, por las tardes, visitaba a su tío Iturrioz. Se lo encontraba casi siempre en su azotea leyendo o mirando las maniobras de una abeja solitaria o de una araña.

—Esta es la azotea de Epicuro—decía Andrés riendo.

Muchas veces tío y sobrino discutieron largamente. Sobre todo, los planes ulteriores de Andrés fueron los más debatidos.

Un día la discusión fué más larga y más completa:

—¿Qué piensas hacer?—le preguntó Iturrioz.

—¡Yo! Probablemente tendré que ir a un pueblo de médico.

—Veo que no te hace gracia la perspectiva.

—No; la verdad. A mí hay cosas de la carrera que me gustan; pero la práctica no. Si pudiese entrar en un laboratorio de fisiología, creo que trabajaría con entusiasmo.

—¡En un laboratorio de fisiología! ¡Si los hubiera en España!