—¡Pero, señor!—exclamó el extranjero—. Es que quieren atropellarme...
—No es verdad. El que atropella es usted. Para viajar se necesita educación, y viajando con españoles no se habla mal de España.
—Si yo amo a España y el carácter español—exclamó el hombrecito—. Mi familia es toda española. ¿Para qué he venido a España sino para conocer a la madre patria?
—No quiero explicaciones—. No necesito oirlas—contestó el otro con voz seca, y se tendió en el diván como para manifestar el poco aprecio que sentía por su compañero de viaje.
Andrés quedó asombrado; realmente aquel joven había estado bien.
El, con su intelectualismo, pensó qué clase de tipo sería el hombre bajito, vestido de negro; el otro había hecho una afirmación rotunda de su país y de su raza. El hombrecito comenzó a explicarse, hablando solo. Hurtado se hizo el dormido.
Un poco después de media noche llegaron a una estación plagada de gente; una compañía de cómicos transbordaba, dejando la línea de Valencia, de donde venían, para tomar la de Andalucía. Las actrices, con un guardapolvo gris; los actores, con sombreros de paja y gorritas, se acercaban todos como gente que no se apresura, que sabe viajar, que consideran el mundo como suyo. Se acomodaron los cómicos en el tren y se oyó gritar de vagón a vagón:
—Eh, Fernández, ¿dónde está la botella?—¡Molina, que la característica te llama!—¡A ver ese traspunte que se ha perdido!
Se tranquilizaron los cómicos, y el tren siguió su marcha.