Ya al amanecer, a la pálida claridad de la mañana, se iban viendo tierras de viña y olivos en hilera.

Estaba cerca la estación donde tenía que bajar Andrés. Se preparó, y al detenerse el tren saltó al andén, desierto. Avanzó hacia la salida y dió la vuelta a la estación. En frente, hacia el pueblo, se veía una calle ancha, con unas casas grandes, blancas y dos filas de luces eléctricas mortecinas. La luna, en menguante, iluminaba el cielo. Se sentía en el aire un olor como dulce a paja seca.

A un hombre que pasó hacia la estación le dijo:

—¿A qué hora sale el coche para Alcolea?

—A las cinco. Del extremo de esta misma calle suele salir.

Andrés avanzó por la calle, pasó por delante de la garita de consumos, iluminada, dejó la maleta en el suelo y se sentó encima a esperar.

II
LLEGADA AL PUEBLO

Ya era entrada la mañana cuando la diligencia partió para Alcolea. El día se preparaba a ser ardoroso. El cielo estaba azul, sin una nube; el sol brillante; la carretera marchaba recta, cortando entre viñedos y alguno que otro olivar, de olivos viejos y encorvados. El paso de la diligencia levantaba nubes de polvo.

En el coche no iba más que una vieja vestida de negro, con un cesto al brazo.