Andrés intentó conversar con ella, pero la vieja era de pocas palabras o no tenía ganas de hablar en aquel momento.
En todo el camino el paísaje no variaba; la carretera subía y bajaba por suaves lomas entre idénticos viñedos. A las tres horas de marcha apareció el pueblo en una hondonada. A Hurtado le pareció grandísimo.
El coche tomó por una calle ancha de casas bajas, luego cruzó varias encrucijadas y se detuvo en una plaza delante de un caserón blanco, en uno de cuyos balcones se leía: Fonda de la Palma.
—¿Usted parará aquí?—le preguntó el mozo.
—Sí, aquí.
Andrés bajó y entró en el portal. Por la cancela se veía un patio, a estilo andaluz, con arcos y columnas de piedra. Se abrió la reja y el dueño salió a recibir al viajero. Andrés le dijo que probablemente estaría bastante tiempo, y que le diera un cuarto espacioso.
—Aquí abajo le pondremos a usted—y le llevó a una habitación bastante grande, con una ventana a la calle.
Andrés se lavó y salió de nuevo al patio. A la una se comía. Se sentó en una de las mecedoras. Un canario en su jaula, colgada del techo, comenzó a gorjear de una manera estrepitosa.
La soledad, la frescura, el canto del canario hicieron a Andrés cerrar los ojos y dormir un rato.