El mozo de la fonda le había advertido a Hurtado, que si tenía que hablar con alguno del pueblo no podrá verlo, por lo menos, hasta las seis. Al dar esta hora, Andrés salió de casa y se fué a visitar al secretario del Ayuntamiento y al otro médico.

El secretario era un tipo un poco petulante, con el pelo negro rizado y los ojos vivos. Se creía un hombre superior, colocado en un medio bajo.

El secretario brindó en seguida su protección a Andrés.

—Si quiere usted—le dijo—iremos ahora mismo a ver a su compañero, el doctor Sánchez.

—Muy bien, vamos.

El doctor Sánchez vivía cerca, en una casa de aspecto pobre. Era un hombre grueso, rubio, de ojos azules, inexpresivos, con una cara de carnero, de aire poco inteligente.

El doctor Sánchez llevó la conversación a la cuestión de la ganancia, y le dijo a Andrés que no creyera que allí, en Alcolea, se sacaba mucho.

Don Tomás, el médico aristócrata del pueblo, se llevaba toda la clientela rica. Don Tomás Solana era de allí; tenía una casa hermosa, aparatos modernos, relaciones...

—Aquí el titular no puede más que mal vivir—dijo Sánchez.

—¡Qué le vamos a hacer!—murmuró Andrés. Probaremos.