El secretario, el médico y Andrés salieron de la casa para dar una vuelta.
Seguía aquel calor exasperante, aquel aire inflamado y seco. Pasaron por la plaza, con su iglesia llena de añadidos y composturas, y sus puestos de cosas de hierro y esparto. Siguieron por una calle ancha, de caserones blancos, con su balcón central lleno de geranios, y su reja afiligranada, con una cruz de Calatrava en lo alto.
De los portales se veía el zaguán con un zócalo azul y el suelo empedrado de piedrecitas, formando dibujos. Algunas calles extraviadas, con grandes paredones de color de tierra, puertas enormes y ventanas pequeñas, parecían de un pueblo moro. En uno de aquellos patios vió Andrés muchos hombres y mujeres, de luto, rezando.
—¿Qué es esto?—preguntó.
—Aquí le llaman un rezo—dijo el secretario; y explicó que era una costumbre que se tenía de ir a las casas donde había muerto alguno a rezar el rosario.
Salieron del pueblo por una carretera llena de polvo; las galeras de cuatro ruedas volvían del campo cargadas con montones de gavillas.
—Me gustaría ver el pueblo entero; no me formo idea de su tamaño—dijo Andrés.
—Pues subiremos aquí, a este cerrillo—indicó el secretario.