A principios de septiembre, Andrés decidió dejar la fonda. Sánchez le buscó una casa. A Sánchez no le convenía que el médico rival suyo se hospedara en la mejor fonda del pueblo; allí estaba en relación con los viajeros, en sitio muy céntrico; podía quitarle visitas. Sánchez le llevó a Andrés a una casa de las afueras, a un barrio que llamaban del Marrubial.
Era una casa de labor, grande, antigua, blanca, con el frontón pintado de azul y una galería tapiada en el primer piso.
Tenía sobre el portal un ancho balcón y una reja labrada a una callejuela.
El amo de la casa era del mismo pueblo que Sánchez, y se llamaba José; pero le decían en burla en todo el pueblo, Pepinito. Fueron Andrés y Sánchez a ver la casa, y el ama les enseñó un cuarto pequeño, estrecho, muy adornado, con una alcoba en el fondo oculta por una cortina roja.
—Yo quisiera—dijo Andrés—un cuarto en el piso bajo y a poder ser, grande.
—En el piso bajo no tengo—dijo ella—más que un cuarto grande, pero sin arreglar.
—Si pudiera usted enseñarlo.
—Bueno.
La mujer abrió una sala antigua y sin muebles con una reja afiligranada a la callejuela que se llamaba de los Carretones.
—¿Y este cuarto está libre?