La vida en la casa le pareció a Andrés más simpática que en la fonda.
Por las tardes, después de las horas de bochorno, se sentaba en el patio a hablar con la gente de casa. La patrona era una mujer morena, de tez blanca, de cara casi perfecta; tenía un tipo de Dolorosa; ojos negrísimos y pelo brillante como el azabache.
El marido, Pepinito, era un hombre estúpido, con facha de degenerado, cara juanetuda, las orejas muy separadas de la cabeza y el labio colgante. Consuelo, la hija de doce o trece años, no era tan desagradable como su padre ni tan bonita como su madre.
Con un primer detalle adjudicó Andrés sus simpatías y antipatías en la casa.
Una tarde de domingo, la criada cogió una cría de gorrión en el tejado y la bajó al patio.
—Mira, llévalo al pobrecito al corral—dijo el ama—, que se vaya.
—No puede volar—contestó la criada, y lo dejó en el suelo.
En esto entró Pepinito, y al ver al gorrión se acercó a una puerta y llamó al gato. El gato, un gato negro con los ojos dorados, se asomó al patio. Pepinito entonces, asustó al pájaro con el pie, y al verlo revolotear, el gato se abalanzó sobre él y le hizo arrancar un quejido. Luego se escapó con los ojos brillantes y el gorrión en la boca.