La casa tenía en la parte de atrás una tapia de adobes cubierta con bardales de ramas que limitaba varios patios y corrales además del establo, la tejavana para el carro, la sarmentera, el lagar, la bodega y la almazara.

En un cuartucho que había servido de tahona y que daba a un corralillo, había una tinaja grande cortada por la mitad y hundida en el suelo.

—¿Esta tinaja me la podrá usted ceder a mí?—preguntó Andrés.

—Sí, señor; ¿por qué no?

—Ahora quisiera que me indicara usted algún mozo que se encargara de llenar todos los días la tinaja; yo le pagaré lo que me diga.

—Bueno. El mozo de casa lo hará. ¿Y de comer? ¿Qué quiere usted de comer? ¿Lo que comemos en casa?

—Sí, lo mismo.

—¿No quiere usted alguna cosa más? ¿Aves? ¿Fiambres?

—No, no. En tal caso, si a usted no le molesta, quisiera que en las dos comidas pusiera un plato de legumbres.

Con estas advertencias, la nueva patrona creyó que su huésped, si no estaba loco, no le faltaba mucho.