A la enferma la visitaba Sánchez; pero aquel día, al llamarle por la mañana temprano, dijeron en casa del médico que no estaba; se había ido a los toros de Baeza. Don Tomás tampoco se encontraba en el pueblo.

El cochero fué explicando a Andrés lo ocurrido, mientras animaba al caballo con la fusta. Hacía una noche admirable; miles de estrellas resplandecían soberbias, y de cuando en cuando pasaba algún meteoro por el cielo. En pocos momentos, y dando algunos barquinazos en los hoyos de la carretera, llegaron al molino.

Al detenerse el coche, el molinero se asomó a ver quién venia, y exclamó:

—¿Cómo? ¿No estaba don Tomás?

—No.

—¿Y a quién traes aquí?

—Al médico nuevo.

El molinero, iracundo, comenzó a insultar a los médicos. Era hombre rico y orgulloso, que se creía digno de todo.

—Me han llamado aquí para ver a una enferma—dijo Andrés fríamente—. ¿Tengo que verla o no? Porque si no, me vuelvo.

—Ya, ¡qué se va a hacer! Suba usted.