Andrés subió una escalera hasta el piso principal, y entró detrás del molinero en un cuarto en donde estaba una muchacha en la cama y su madre cuidándola.
Andrés se acercó a la cama. El molinero siguió renegando.
—Bueno. Cállese usted—le dijo Andrés—, si quiere usted que reconozca a la enferma.
El hombre se calló. La muchacha era hidrópica, tenía vómitos, disnea y ligeras convulsiones. Andrés examinó a la enferma; su vientre hinchado parecía el de una rana; a la palpación se notaba claramente la fluctuación del líquido que llenaba el peritoneo.
—¿Qué? ¿Qué tiene?—preguntó la madre.
—Esto es una enfermedad del hígado, crónica, grave—contestó Andrés, retirándose de la cama para que la muchacha no le oyera—; ahora la hidropesía se ha complicado con la retención de orina.
—¿Y qué hay que hacer, Dios mío? ¿O no tiene cura?
—Si se pudiera esperar, sería mejor que viniera Sánchez. Él debe conocer la marcha de la enfermedad.
—¿Pero se puede esperar?—preguntó el padre con voz colérica.