—Ya aprovecharé su ofrecimiento.

Don Blas era para Andrés un caso digno de estudio. A pesar de su inteligencia no notaba lo que pasaba a su alrededor; la crueldad de la vida en Alcolea, la explotación inicua de los miserables por los ricos, la falta de instinto social, nada de esto para él existía, y si existía tenía un carácter de cosa libresca, servía para decir:

—Dice Scaligero... o: Afirma Huarte en su Examen de ingenios...

Don Blas era un hombre extraordinario, sin nervios; para él no había calor, ni frío, placer, ni dolor. Una vez, dos socios del casino le gastaron una broma transcendental: le llevaron a cenar a una venta y le dieron a propósito unas migas detestables, que parecían de arena, diciéndole que eran las verdaderas migas del país, y don Blas las encontró tan excelentes y las elogió de tal modo y con tales hipérboles, que llegó a convencer a sus amigos de su bondad. El manjar más insulso, si se lo daban diciendo que estaba hecho con una receta antigua y que figuraba en La Lozana Andaluza, le parecía maravilloso.

En su casa gozaba ofreciendo a sus amigos sus golosinas.

—Tome usted esos melindres, que me han traído expresamente de Yepes...; esta agua no la beberá usted en todas partes, es de la fuente del Maillo.

Don Blas vivía en plena arbitrariedad; para él había gente que no tenía derecho a nada; en cambio, otros lo merecían todo. ¿Por qué? Probablemente porque sí.

Decía don Blas que odiaban a las mujeres, que le habían engañado siempre; pero no era verdad; en el fondo, esta actitud suya servía para citar trozos de Marcial, de Juvenal, de Quevedo...

A sus criados y labriegos, don Blas les llamaba galopines, bellacos, follones, casi siempre sin motivo, sólo por el gusto de emplear estas palabras quijotescas.

Otra cosa que le encantaba a don Blas era citar los pueblos con sus nombres antiguos: Estábamos una vez en Alcázar de San Juan, la antigua Alce... En Baeza, la Biatra de Ptolomeo, nos encontramos un día...