Andrés y don Blas se asombraban mutuamente. Andrés se decía:
—¡Pensar que este hombre y otros muchos como él viven en esta mentira, envenenados con los restos de una literatura, y de una palabrería amanerada es verdaderamente extraordinario!
En cambio, don Blas miraba a Andrés sonriendo, y pensaba: ¡Qué hombre más raro!
Varias veces discutieron acerca de religión, de política, de la doctrina evolucionista. Estas cosas del darwinisno, como decía él, le parecían a don Blas cosas inventadas para divertirse. Para él los datos comprobados no significaban nada. Creía en el fondo que se escribía para demostrar ingenio, no para exponer ideas con claridad, y que la investigación de un sabio se echaba abajo con una frase graciosa.
A pesar de su divergencia, don Blas no le era antipático a Hurtado.
El que sí le era antipático e insoportable era un jovencito, hijo de un usurero, que en Alcolea pasaba por un prodigio, y que iba con frecuencia al casino. Este joven, abogado, había leído algunas revistas francesas reaccionarias, y se creía en el centro del mundo.
Decía que él contemplaba todo con una sonrisa irónica y piadosa. Creía también que se podía hablar de filosofía empleando los lugares comunes del casticismo español, y que Balmes era un gran filósofo.
Varias veces el joven, que contemplaba todo con una sonrisa irónica y piadosa, invitó a Hurtado a discutir; pero Andrés rehuyó la discusión con aquel hombre que, a pesar de su barniz de cultura, le parecía de una imbecilidad fundamental.
Esta sentencia de Demócrito, que había leído en la Historia del Materialismo de Lange, le parecía a Andrés muy exacta: El que ama la contradicción y la verbosidad, es incapaz de aprender nada que sea serio.